martes, 26 de mayo de 2015

¿Muere la caficultura colombiana?

El caficultor y abogado Carlos Alberto Orrego, quien produce y comercializa la marca "Café Don Antonio" desde su finca en Viterbo, Caldas, nos regala un crudo análisis de la realidad del grano

www.cafedonantonio.blogspot.com 

"Muere la caficultura colombiana

Ante la mirada indiferente de los colombianos, la actitud indolente del Gobierno y de los colombianos, la dirigencia responsable de la Federación Nacional de Cafeteros, la explotación de las multinacionales y la competencia de otros cultivos más rentables, menos exigentes en mano de obra y con menores labores de beneficio, el cultivo del café cede y cede terreno, Por que nadie quiere dedicarse a lo que no es negocio ni tiene un panorama que así se lo garantice. 

Los grandes enemigos:

Su bien merecida fama de haber financiado y hecho posible las grandes obras de infraestructura de este país le valieron una estigmatización de riqueza y de viabilidad, por la que su cultivo y exportación es gravada y controlada por un ente con alta intervención estatal, la Federación Nacional de Cafeteros, en cuya dirección participan más ministros que en cualquier otra junta directiva agropecuaria.

Esta importante entidad tiene entonces gerentes y directores con rango ministerial, y mal puede un dirigente de ese nivel devengar un salario inferior al de sus pares directores; eso está bien. El problema es que el presupuesto lo financia un gremio no productivo y unos productores quebrados y en su gran mayoría minifundistas.

La Federación cambio su labor misional, esto es la de propender por el bienestar de los cafeteros, por la de garantizar a cualquier costo, entre ellas la ruina de sus federados, de la base, el negocio o negocios que emprendió, es decir la comercialización del café por que en los otros temas que emprendió, en ninguno fue exitoso. Flota Mercante, Aces Bancafé… Y no sabemos si aún conserva una participación en Avianca  o si la vendió.

Los comodities la bolsa de Londres, la bolsa de Nueva York.

Hace apenas unos meses se decía que la crisis del café era por el bajo precio del dólar y la política revaluacionista del peso, impulsada por el Gobierno y el Banco de la República; hoy el precio de venta del café sigue por debajo de costos de producción y el precio del dólar ha subido, es decir que esa no es la causa. La causa es que la Federación no defiende ni procura el bienestar y el precio justo del café para el productor: a veces le interesa tener un proveedor de café bien barato y de buena calidad para que su negocio sea bueno.

El precio por bolsas de Nueva York y Londres es conocido por décadas; sin embargo, los altos salarios de la Federación y los grandes estudios de sus becados no han logrado vincular ni graduar un colombiano que desarrolle una política de marketing, de comercio, de compra y venta del café colombiano por la calidad y recibiendo el precio justo. Todo se limita a publicaciones de prensa y estudios de gran costo subsidiados y pagados por los mismos cafeteros en ruina.

¿Quién desplaza el café?

Otros cultivos menos exigentes en mano de obra que el café, poco a poco y a pasos grandes, van sustituyéndolo. Es así como los anteriores cafetales ahora son remplazados por aguacate, cacao, plátano, cítricos, maíz, fríjol y maderas, y en otros donde el terreno lo permite, la ganadería y pasturas.

Y mientras esto ocurre, los comités departamentales están muy ocupados procurando llevar un candidato a la Federación, no para solucionar la problemática de los cafeteros sino para continuar un sistema feudal de elección, de composición y de creer elegir al "Papa Cafetero" que, sentado en la silla de la Gerencia, adquiere el don de la infalibilidad, asegura una extraordinaria pensión y adquiere un gran poder de administrar un Fondo del Café cada vez más devastado pero cuyo presupuesto llega por que llega y el Gerente lo administra. Y el dicho popular nunca pierde vigencia, "qué fácil y bueno es gastar lo ajeno", y más cuando el malgastar no genera ninguna responsabilidad y la quiebra por la mala administración la sufren unos campesinos y propietarios de fincas altamente estratificados, pagadores de impuestos y no clasificables para las políticas sociales del Estado Social de Derecho que ellos construyeron con su esfuerzo y sacrificio.  

Las mentiras que nos creemos y repetimos a diario.

Los colombianos no consumimos café colombiano: todos repetimos al unísono que "el café colombiano es el mejor del mundo", y más del 95% consume café que compra en una bolsa de una empresa colombiana cuyo contenido es café peruano, brasileño o vietnamita; pocos saben o conocen la diferencia entre un café arábigo y una robusta.

De este porcentaje una gran mayoría ni siquiera utiliza café natural, muchos por comodidad, desconocimiento y gusto consumen cafés solubles, no necesitan sino una cucharadita y agua caliente; lo que no saben ni les importa es que la base de ese café no es de arábiga colombiana sino de robustas brasileñas o vietnamitas o de Indonesia.

Finalmente, los que consumen café de calidad por la taza, difícilmente pueden encontrar un café de buena taza colombiano; buscan una marca extranjera un Starbucks o un café guatemalteco o un Civets, o un "Montaña azul" Blue Montain de Jamaica. En fin, allí los establecimiento especializados no buscan vender una marca o un café de origen, ellos tienen las suyas, y créanme poco les importa que los productores colombianos se quiebren el espinazo y pierdan su vida, su finca y su patrimonio produciendo un excelente café con gran calidad y cada día más mal pago".

martes, 5 de mayo de 2015

Nadie robó el libro

Un buen libro siempre tendrá quién lo tome prestado. Y no lo devuelva

Varios actos de estulticia nacional




Melquisedec Torres
Periodista


El préstamo sin permiso, no el robo, de un libro de la primera edición de “Cien años de soledad”  de una vitrina en la Feria del Libro de Bogotá el pasado 2 de mayo de 2015 ha dejado en evidencia – otra vez – la estulticia temporal nacional (estulticia tiene como sinónimos necedad, tontería, estupidez, es decir una literal bobada).

Afirmo que el libro no fue robado. ¿Quién ha dicho que los libros se roban? No, eso no existe. Los libros se reciben bajo préstamo y no se devuelven, o se toman prestados sin permiso del tenedor. Y tampoco se devuelven; el único requisito es que el libro sea bueno pues los malos tienen poco chance de circular, es decir de que otros se los lleven y no los regresen, o si se los llevan los devuelven de inmediato.

Pues la estulticia temporal nacional ha llegado a límites insospechados convirtiéndonos en el hazmerreír del resto del planeta, no por la desaparición del libro sino justamente por las reacciones absurdas que esto ha desencadenado. Primero, dizque la indignación “del país” por un supuesto acto contra el patrimonio nacional; luego, que es tan valioso el libro “que es invaluable” dijo su anterior tenedor, don Álvaro Castillo quien, por su trayectoria como conocido librero bien debería tener en cuenta que el robo de libros no es un hecho que alguien haya podido probar; y por ahí desfilaron la Ministra de Cultura, el Director de la Policía Nacional y el presidente de Corferias quien dijo la única cosa coherente de todo este embrollo: que no hubo forcejeo o violencia para llevarse el ejemplar. Es decir que fue, como debe ser, un préstamo pacífico, tranquilo y con el suficiente tacto para no molestar al resto de libros. Ah, y especialmente un señor fiscal quien, con toda la ceremonia propia de un burócrata que quiere pasar a la historia, miente al afirmar que el autor del “robo” podría recibir una condena de ¡20 años de cárcel! Ya les diré porqué miente el fiscal asignado al caso.

Como siempre quedan cabos sueltos para dar paso a otros actos de estulticia, estas precisiones objetivas:

1.    El libro tomado en préstamo no es un incunable ni único. Los incunables son esos textos rarísimos que se hicieron en el primer medio siglo después de que don Juan Gutenberg inventara la imprenta, esto es entre 1453 y 1500.

2.    No es único. Es uno de los 8.000 ejemplares que salieron a la venta en 1967 de la primera edición de “Cien años de soledad” de la Editorial Sudamericana de Buenos Aires. Así que por ahí andan otros 7.999 o poco menos ejemplares similares. Y en Internet se encuentran a la venta varios de esa primera edición, algunos con firma del autor, con precios entre $2.5 millones y $50 millones.

3.    No es el único firmado por el autor, Gabo. Decenas de miles de personas lograron que el hijo del telegrafista de Aracataca les firmara un ejemplar de uno de sus 11 novelas, 12 libros de cuentos, 22 textos de no ficción, 10 guiones para cine y teatro y el primer tomo de sus memorias.

4.    No existe en Colombia ninguna posibilidad de que alguien, por el solo hecho de robar algo, sea condenado a 20 años de prisión (excepto si se trata de recursos públicos y Usted no negocia con los fiscales). Otra cosa es que el ladrón secuestre o asesine al dueño de la cosa robada; eso es otro delito, no simplemente hurto. Según el Código Penal (Ley 599 de 2000), que pareciese que el burócrata fiscal no ha leído, la pena máxima por el más impresionante hurto calificado y agravado sería de 15 años. Y ello solo si se hizo con violencia sobre personas y si se cometió en una o varias de 15 condiciones.

5.    Este caso, si llegásemos al exabrupto de considerarlo un robo, no sería más que hurto simple, cuya pena es de 2 a 6 años de prisión. Y como nadie va a la cárcel si la pena mínima es menor a 4 años, pues el ávido lector  que tomó el texto podría seguir leyéndolo en su casa (dudo que sea tan pendejo como para tenerlo a la vista cuando lo detengan. Y sin cuerpo del delito ¡no hay delito!).

6.    El libro que desapareció en la Feria no es patrimonio nacional aunque el señor fiscal quiere que lo sea. Y eso no lo determinan ni él ni un juez sino las autoridades administrativas, y para que se le considere patrimonio nacional ello debió ocurrir antes de la desaparición, no ahora, y su proceso es tan engorroso que podemos llegar a la Feria del 2016 sin que pudiese serlo.

7.    A menos que aparezca una grabación de video en la que se observe, sin dubitación, quién tomó el libro, este seguirá gozando del afortunado anonimato. Y si alguien llegase a descubrir el texto en la biblioteca del audaz individuo, este bien podría arrancar – en un doloroso proceso – la hoja donde Gabo estampó su firma con dedicatoria y con ello nadie podría probar que es el mismo que se había dispuesto en la vitrina de la Feria. Bueno, no tan doloroso porque al fin y al cabo no se lo dedicó a él sino al señor Castillo (y él, sin esa inscripción, dejaría de ser el tenedor legítimo), amén de que una dedicatoria ajena es como una carta entregada al destinatario errado.

Haberse muerto Gabo. Nos hubiese deleitado con la crónica  de un robo que solo era un préstamo sin devolución o un relato de un libro que, allí, en esa vitrina anodina, ya era náufrago sin lector. Bien que lo hayan rescatado de su lastimera condición de pieza de museo.

Bogotá D.C., 5 de mayo de 2015